sábado, 1 de junio de 2013

Comentarios al Debate Actual de la Insolvencia

"Es curioso cómo la podredumbre
se adelanta a veces al cadáver.
Soportad vuestro olor, mostradlo
si queréis, poquito a poco.
Pero no habléis".
Washington Delgado. Los pensamientos puros. 


        Ante una discusión que nos supera, por ignorancia, temor o salida fácil, el primer recurso será calificarla de improductiva o artificiosa. Así nos dispensamos de dar una respuesta sustantiva, o, incluso, de plantearnos siquiera el problema de fondo. A partir de ahí podemos ridiculizar a nuestro interlocutor con todas las exageraciones que nos permita hasta el menor defecto para, finalmente, marcharnos falsamente victoriosos, entretenidos e indignados.

            Lo primero ya se ha hecho al etiquetar de "Ley del perro muerto" al debate sobre la insolvencia del consumidor, y ahora sólo toca ver cómo exageran y generalizan. Por eso creemos que una entrevista donde se emplea más enfáticamente estos términos que los de “insolvencia” o “morosidad” ya es indigna de pasar por una opinión “profesional”, y mucho menos de la de un “especialista”. He ahí: 

Ahora el decano de nuestra prensa descendiendo a titulares amarillistas.

         Primero, si a estos profesionales les importara realmente el encarecimiento de los créditos, no habrían esperado la propuesta de una Ley de insolvencia para manifestarse en contra de una situación que ya vivimos hoy en día con los absurdos intereses que pagan los usuarios de estos servicios. Eso sin contar el alto porcentaje de reclamaciones que este sector representa.

               Segundo, nada cuesta rebatir un proyecto de Ley que trasluce un desconocimiento del problema real que pretende solucionar. Pero concretamente NO se está discutiendo la situación actual de los créditos, el sobreendeudamiento y la  insolvencia. Les importa más deslegitimar el proyecto que solventar integra y consecuentemente una propuesta diferente. En el fondo lo que están negando solapadamente es la decisión de regular la insolvencia. Lo que está en juego aquí es el valor de la democracia en el Sistema Financiero y el respeto de nuestra dignidad en el mercado de consumo.

               Apelar a la suficiencia del Código civil de 1984 o el procesal de 1993 para tutelar la “subsistencia” del consumidor, es negar el Derecho del Consumidor en nuestro País y el rol del Estado en su defensa.

             Tercero, entre acceso y condiciones se nos plantea un falso dilema. Un crédito concedido a tasas superiores a la capacidad financiera del consumidor no debe ser jurídicamente tutelado. Por el contrario, debería ser sancionado por deficiencia en el servicio y por los perjuicios que cause.

             Finalmente queda manifestada la perspectiva errada que se tiene de la “insolvencia” de las personas, y  que parte de tomar como base de su comprensión la asimilación al procedimiento concursal de empresas. En este sistema se protege al crédito. El valor de la empresa, y su consecuente viabilidad, se miden en función a la sostenibilidad de sus deudas, pudiendo llegar a la liquidación de la persona jurídica. Por el contrario, a una persona natural no podemos “liquidarla”, y ni mucho menos pretender “sacarla del mercado”. La insolvencia del consumidor toma como base, entonces, no al crédito, sino a la “dignidad de la persona” en su integridad, incluyendo aquellos aspectos que son indisponibles por ella misma.

        Si tal como se dice que “la iliquidez es un hecho, pero la insolvencia es una filosofía”, debemos comenzar diferenciando la insolvencia del consumidor de la empresarial. La naturaleza de ambos créditos no es la misma, las dificultades de ambos tampoco, ergo, los riesgos y perjuicios de un crédito mal otorgado, o mal refinanciado, merecen un tratamiento diferenciado en ambos casos. 

           Es de lo mencionado que debemos partir para plantear las soluciones idoneas. Si antes la estrechez mental de los religiosos condenó el cobro de intereses y, consecuentemente, el crédito, los fanáticos que nos toca rebatir hoy en día están del otro lado, sacralizando al mercado y deshumanizando el crédito. Cambian únicamente biblia por contrato e iglesia por banco. Por eso no hay ningún perro muerto en esta discusión. Por el contrario, me parece que son los defensores a ultranza del libre mercado los que se han anticipado a oler como cadáveres.

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