sábado, 8 de septiembre de 2012

Anotaciones sobre el "Principio" de Soberanía del Consumidor [II]


          

                 Tal como lo describe Giulio Palermo: “El principio de la «soberanía del consumidor» afirma que la evaluación del funcionamiento de una economía debe depender únicamente de la medida en que se satisfacen las preferencias de los consumidores. Este principio es, en efecto, un caso particular del principio de la “soberanía del individuo”. Este último, a su vez, se basa en una dúplice consideración: 


1) el individuo en particular es el mejor juez de sus necesidades (y de sus preferencias) y de los medios más idóneos para satisfacerlas (lo que excluye actitudes paternalistas en la definición de criterios sociales de evaluación del funcionamiento del sistema); 

2) las evaluaciones sociales deben fundarse únicamente sobre evaluaciones que se manifiestan por los individuos singulares (lo que excluye actitudes éticas diversas del individualismo).

                El principio de la soberanía del consumidor restringe la soberanía del individuo en el momento del consumo, el cual, obviamente, depende de las diversas capacidades de gasto de los individuos”[I]. Precisamente por esto último, el agotarse en el momento exacto que el consumidor ha hecho su elección, es que carece de utilidad lo propuesto por Averitt y Lande.

               Siguiendo a Rothbard podemos establecer que el empleo inapropiado de esta expresión persiste como un rezago de concepciones desfasadas de lo que es la propia democracia[II] y del predominio de la teoría del orden praxeológico de Von Misses en los estudios económicos, que la aceptan acríticamente. Lo importante es la elección que les ofrezca mayor satisfacción. En ese sentido, modernamente se dice: “En la medida en que el mercado cumpla con el objetivo encomendado a la libertad contractual, la limitación de la posibilidad de que los individuos regulen sus relaciones según les parezca no resulta ser problemática. Lo relevante es que los individuos puedan escoger libremente, en el ámbito del mercado, la posibilidad que maximiza sus intereses”[III].

                Incluso  podemos ver que tal “principio” se difunde en la popularizada enciclopedia Wikipedia de Internet como la “Característica de un sistema de libre mercado donde los consumidores, a través de la demanda que generan, orientan la producción y las inversiones de las empresas. El consumidor es soberano en el sentido de que su decisión de comprar o no un cierto bien queda exclusivamente en sus manos, sin que exista ningún organismo que le impida escoger la forma en que gastará su renta”[IV].

         Siguiendo el orden de las ideas anteriormente expresadas, debemos observar que aparece textualmente en el Título Preliminar de nuestro novísimo “Código de Protección y Defensa del Consumidor” su “sujeción” al principio de “soberanía del consumidor”:

“Artículo V.- Principios.
El presente Código se sujeta a los siguientes principios:
1. Principio de Soberanía del Consumidor.- Las normas de protección al consumidor fomentan las decisiones libres e informadas de los consumidores, a fin de que con sus decisiones orienten el mercado en la mejora de las condiciones de los productos o servicios ofrecidos”.

                La carencia de una exposición de motivos dificulta una conceptualización de dicho principio. No obstante, en nuestro medio Thorne León ha expresado la siguiente distinción entre “autonomía” y “soberanía”: “La autonomía del consumidor, como principio, exige la defensa de que su elección se encuentre libre de coacción, coerción e, incluso, de cualquier forma de inducción a error que fuerce o distorsione su voluntad; mientras que su soberanía implica el reconocimiento de que, con sus decisiones, orienta la distribución de recursos en la sociedad y la decisión de los proveedores acerca de qué y cómo producir y/o ofrecer, (…)”[V].

                Como vemos, la esencia de la soberanía del consumidor es la elección. Estas elecciones son tomadas como señales que dirigen la economía. Lo dicho omite que no sólo son señales que recibe el mercado, sino también el Estado. El problema es cuando se pretende confundir o equiparar dicha “soberanía” a la de los ciudadanos y se exige como tal que el Estado imite al mercado. Tal como señalaba Von Misses, “Nadie puede considerar su posición asegurada, ni existe en el mercado derecho preestablecido alguno. Todo el mundo está sometido a la ley del mercado, a la soberanía de los consumidores”[VI]. [Énfasis agregado].

                Nosotros creemos con Elizabeth Anderson que “La autonomía que disfrutamos como consumidores incorpora una dimensión vital e indispensable de la libertad. Para ser libres, los individuos necesitan un amplio ámbito de acción en el que los terceros no le pidan cuentas ni se entrometan en sus elecciones. Los mercados de libre consumo ayudan a conformar este dominio de libertad individual  y por ello son parte indispensable de cualquier sociedad moderna justa”[VII].

                Continuamos con esta autora cuando señala que “Sólo una persona inmadura tomaría sus deseos irreflexivos como criterios suficientes para la acción. La marca de la madurez es la autonomía, el poder para cuestionar el valor de nuestros motivos y para actuar solamente sobre aquellos motivos que aprobamos reflexivamente”[VIII].

                Esto es básicamente lo mismo que desarrolla la doctrina moderna sobre la autonomía de la voluntad “racional”, y que es un enfoque de seriedad más apropiado para estudiar las relaciones de consumo, frente al “infantilismo” hedonístico de la soberanía del consumidor. La teoría de la autonomía de la voluntad racional es más efectiva para la defensa y protección del consumidor, pues es la culminación del desarrollo doctrinario que hemos descrito en el titulo anterior. Como Claudia Lima Marques señala, “La tendencia actual es de examinar la calidad de la voluntad manifestada por el contratante más débil, en lugar de su simple manifestación: solamente la voluntad racional, la voluntad realmente libre (autónoma) e informada legitima, o sea, tiene el poder de determinar la formación y, por consecuencia, los efectos entre consumidor y proveedor”[IX].

                Precisamente la autonomía es un punto de madurez contractual tanto para el individuo como para la sociedad, y que como Anderson explica “Una persona puede difícilmente ser autónoma si no se considera con derecho para juzgar por sí misma. Estos problemas pueden ser corregidos cultivando las virtudes ejecutivas del autocontrol y la determinación, y las bases del autorrespeto”[X].

                La soberanía es un “principio” que no toma en cuenta las razones por las que existe el Derecho de consumo, y, por ende, es una metáfora jurídicamente inútil para propósitos de defensa del consumidor[XI] e incluso de la libre competencia. A esto último Rothbard se refería con: “Desde el punto de vista de la soberanía del consumidor o de la soberanía individual, no hay nada de malo en la «competencia despiadada»”[XII].

                Creemos, en consecuencia con lo expresado, que en el campo contractual únicamente podemos referirnos a la autonomía contractual, específicamente de los consumidores, con un régimen más especial si se quiere, pero no incompatible. Hablar de “Soberanía del consumidor” está de más, pues es una suposición que no puede desarrollarse más allá de su propia enunciación. Sólo se restringe a las decisiones de compra, a diferencia de otros principios económicos como la Libre competencia que tiene toda una teoría propia.

                No tenemos referencia de que algún sociólogo importante la ratifique, y, por el contrario, sí de los que la desestiman. Así, Zygmunt Bauman, notable estudioso del fenómeno consumista, ha develado el carácter ilusorio de esta aparente soberanía en el desarrollo de sus principales obras[XIII].

                En el contexto de nuestra investigación central sobre los créditos de consumo se dice también que nuestra sociedad vive un “transito” de la “soberanía del productor” a la “soberanía del consumidor”, en tanto que se pasa de una “sociedad de producción” a “una sociedad de consumo”[XIV]. Pero en realidad, como demostraremos más adelante, hemos observado lo contrario: el crédito beneficia siempre a los proveedores, pero no siempre al consumidor.

                De hecho, podemos coincidir en que “la posibilidad de tener a su alcance todo lo que necesita, incluidos los recursos financieros, lejos de haber convertido en real y efectiva la soberanía del Consumidor, paradójicamente, lo ha colocado en una situación de singular inferioridad respecto de los empresarios y profesionales”[XV]. Por ello es necesario comprender que la defensa del consumidor de crédito, y especialmente el que deviene en situaciones de sobreendeudamiento, no puede basarse en esta hipotética soberanía, sino en el principio de respeto a la dignidad de la persona humana y de su autonomía, como veremos más adelante.





[I] Ídem., Pág. 31.
[II] “La «dignidad humana», que es el valor fundamental de la democracia, como del Estado liberal, ya no es el correlato del individuo ‘aislado’ y soberano absoluto de su propio ‘espacio vital’, sino que corresponde a una ‘imagen de hombre’ fundada en el concepto de ‘persona’ (es decir en la consideración del individuo tanto en sí como en sus relaciones sociales y como relación social...)”. BALDASARRE, Antonio. Los derechos económicos, sociales y culturales. Traductor Santiago Perea la Torre. En: Serie de Teoría Jurídica y Filosofía del Derecho, Nº 20. Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 2001. Pág. 51.
[III] SALAZAR, Diego F. “Asimetrías de Información y Análisis Económico de los Contratos de Adhesión”.  En: Berkeley Program in Law and Economics (www.escholarship.org/uc/item/3mk2r7vb).
[IV] “No es fácil percibir en toda su extensión, de un modo inmediato, el grado en que los consumidores condicionan el mercado. Estos parecen fuertemente condicionados por la publicidad y otros estímulos que influyen sobre sus decisiones. Pero si se analiza un período relativamente extenso se puede comprobar, sin dificultad, que han sido las preferencias de los consumidores las que han orientado los cambios generales de la oferta. Es a través de este mecanismo que se producen hoy una cantidad de bienes que facilitan las tareas domésticas, que se ha creado una amplia industria cultural y que se han mejorado una serie de artículos de consumo de alta demanda. La comparación con lo que ocurre en economías centralmente planificadas es por demás ilustrativa: en ellas hay una frecuente carencia de bienes de consumo, éstos son de baja calidad y escasa diversificación, y se recurre normalmente a mecanismos como el racionamiento que impiden de hecho toda escogencia”. WIKIPEDIA. “Soberanía del Consumidor”.
[V] THORNE LEÓN, Jaime. “Reflexiones en torno al proyecto de Código de Protección y Defensa del Consumidor”. Quincuagésima Reunión Intercampus. Universidad del Pacífico. 2010.
[VI] VON MISES, L., Op. Cit., Pág. 473.
[VII] Ídem., Pág. 44.
[VIII] ANDERSON, Elizabeth. “Soberanía del Consumidor vs. Soberanía de los ciudadanos: algunos errores en la economía clásica del bienestar”. En: ISEGORÍA. Nº 18. 1998. pp. 19 - 46. Pág. 20.
[IX] MARQUES, C. L., Op. Cit., Pág. 284.
[X] ANDERSON, Elizabeth.  Op. Cit., Pág. 36. “Autonomía y bienestar son metas enteramente distintas. Un individuo puede adoptar algún otro fin último además de perseguir su propio bienestar”. Pág. 21 “Llamaremos autónoma a una preferencia individual si refleja su juicio global sobre qué estado de cosas es mejor elegir”. Ídem. Pág. 27. “El bienestar de una persona o el interés propio consiste en sólo en la satisfacción de aquellas preferencias que debería adoptar por su propio bien, fuera de los motivos del amor propio”. Ídem. Pág. 21.
[XI] “En este marco de asimetría, los consumidores vienen poniendo de manifiesto que el mercado, lejos de proporcionar soberanía al consumidor, se la proporciona al productor. Este sentimiento es expresado por los consumidores al plantear la necesidad de que se modifiquen las pautas de interacción entre productores, Estado y consumidores, para que éstas se orienten hacia un modelo que garantice el cumplimiento de la soberanía del consumidor o, cuando menos, para que existan mecanismos que corrijan o limiten la soberanía de la que goza el productor. Esta reivindicación de los consumidores ha sido analizada en algunos trabajos a partir del concepto de consumerismo (Aaker y Day, [Consumerism. Search for the consumer interest], 1974), entendiendo con ello una demanda dirigida a la modificación de las relaciones de intercambio en el mercado, de forma que dichas relaciones se alejen del principio de soberanía del productor y se acerquen al de soberanía del consumidor”. RAMÍREZ PÉREZ, Antonia; NAVARRO, Clemente J.; TRUJILLO, Manuel. “Consumerismo y Movimiento de los Consumidores”. En: Reis 99/02 pp. 145-176. Pág. 146.
[XII] ROTHBARD, M. N., Op. Cit., Pág. 98.
[XIII] Cfr. BAUMAN, Zygmunt. Consuming Life. First published in 2007 by Polity Press.
[XIV] “No hace mucho tiempo aún la compra del comedor, del automóvil, era el término de un largo esfuerzo de economía. Se trabaja soñando con adquirir: la vida es vivida conforme al modo puritano del esfuerzo y de la recompensa, pero cuando los objetos están allí, es que han sido ganados, son un recibo del pasado y seguridad para el porvenir. Un capital. Hoy en día, los objetos se encuentran allí antes de haber sido  ganados, son un anticipo de la suma de esfuerzos y de trabajo que representan, su consumo precede, por así decirlo, a su producción”. BAUDRILLARD, Jean. Op. Cit., Pág. 180
[XV] ALVAREZ MARTÍNEZ, Georgina Ivón. Los Grupos de Contratos en el Crédito al Consumo. Tesis Doctoral bajo la dirección del Prof. Dr. José Luis García–Pita y Lastres; Universidad de la Coruña, 2008. Pág. 21.

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