domingo, 2 de septiembre de 2012

Anotaciones sobre el "Principio" de Soberanía del Consumidor [I]

           

          Con la “sociedad de consumo” el protagonista es el consumidor. Algunos como Carbonnier prefieren hablar de “sociedad de consumidores”, que es más apropiado para poner énfasis en las personas. En otro sentido, la “soberanía del consumidor” es una difundida expresión figurativa que fue creada por William Harold Hutt, profesor de la Universidad de Capetown en los años 30, y cuyos fundamentos defenderá en la década siguiente[i].

          
         
           Rothbard señaló en su momento lo inadecuado de este último término: “En lugar de hablar de “soberanía del consumidor”, sería más preciso afirmar que en el mercado libre hay soberanía del individuo: soberano  en  cuanto  a su persona y a sus propios bienes. Esto puede denominarse propia soberanía individual” [ii].

            Aclara dicho autor, incidiendo su crítica a lo plantado por Hutt[iii], que esta desafortunada denominación tiene erradas connotaciones políticas: “La expresión soberanía del consumidor constituye un ejemplo típico del abuso, en materia económica, de un término (soberanía) que sólo es apropiado para el campo político. Es un caso ilustrativo para demostrar cuán peligroso resulta el uso de metáforas extraídas de diferentes disciplinas. “Soberanía” indica la calidad del último y definitivo poder político; es el poder que se apoya en el uso de la violencia. En una sociedad auténticamente libre, todo individuo es soberano en cuanto a su persona y bienes y, en consecuencia, tal “autosoberanía” es la que predomina en el mercado. Nadie es “soberano” respecto de los actos o intercambio de cualquier otro. Ya que los consumidores no tienen facultad para ejercer coerción sobre los productores obligándolos a dedicarse a diversas ocupaciones o trabajos, los primeros no son “soberanos” en relación con los últimos”[iv].

            No obstante, sabemos que el empleo de dicho “principio” adquiere otras connotaciones en los estudios económicos a partir de los planteamientos de Von Misses en su famoso libro “La Acción Humana” (de 1949), el mismo en el que lo conceptualizaba en los siguientes términos: “Corresponde a los empresarios, en la sociedad de mercado, el gobierno de todos los asuntos económicos. Ordenan personalmente la producción. Son los pilotos que dirigen el navío. A primera vista, podría parecernos que son ellos los supremos árbitros. Pero no es así. Hállanse sometidos incondicionalmente a las órdenes del capitán, el consumidor. No deciden, por sí, ni los empresarios, ni los terratenientes, ni los capitalistas qué bienes deban ser producidos. Corresponde eso, de modo exclusivo, a los consumidores. Cuando el hombre de negocios no sigue, dócil y sumiso, las directrices que, mediante los precios del mercado, el público le marca, sufre pérdidas patrimoniales; se arruina, siendo finalmente relevado de aquella eminente posición que, al timón de la nave, ocupaba. Otras personas, más respetuosas con los mandatos de los consumidores, serán puestas en su lugar”[v].

          Metodológicamente Von Misses caracterizó a los consumidores con cualidades que describirían su comportamiento como infantil y frívolo: “Son como jerarcas egoístas e implacables, caprichosos y volubles, difíciles de contentar. Sólo su personal satisfacción les preocupa. No se interesan ni por pasados méritos, ni por derechos un día adquiridos. Abandonan a sus tradicionales proveedores en cuanto alguien les ofrece cosas mejores o más baratas. En su condición de compradores y consumidores, son duros de corazón, desconsiderados por lo que a los demás se refiere”[vi].

           El capitalismo impone la soberanía del consumidor, pues, como él mismo señala, en este sistema individualista, y naturalmente egoísta: “La propiedad beneficia exclusivamente a quien sabe destinataria a la mejor asistencia de los consumidores. He ahí la función social del derecho de propiedad”[vii]. Por el contrario, la intervención estatal sólo podría agravar la situación de los consumidores: “El intervencionismo ha logrado en numerosos lugares enervar de tal modo la soberanía del mercado, que le conviene más al hombre de negocios buscar el amparo de quienes detentan el poder público que dedicarse exclusivamente a satisfacer las necesidades de los consumidores”[viii].

            En ese sentido, este “principio”, es mantenido por autores como  Averitt y Lande, según los cuales: “La soberanía del consumidor existe cuando dos condiciones fundamentales se encuentran presentes. Tiene que haber una gama de opciones que se haga posible a través de la competencia y los consumidores deben poder elegir efectivamente entre estas opciones”[ix]. De acuerdo a dichos autores el principal efecto práctico de unificar una “teoría de la soberanía del consumidor” es “unificar, explicar, organizar e interpretar precedentes legales”[x], esto es armonizar el entendimiento y aplicación de las Leyes antimonopólicas y las de protección del consumidor.

          Samuelson y Nordhaus nos dicen incluso que “si se analiza cuidadosamente la estructura de una economía de mercado, observamos una doble soberanía dividida entre los consumidores y la tecnología. Los consumidores, a través de sus gustos innatos o adquiridos – expresados por sus votos monetarios – deciden los fines últimos para donde los factores de producción son canalizados”[xi].

            Esta visión liberal del mercado ha sido superada porque económica y sociológicamente las decisiones y poderes de compra no son iguales para todos los consumidores[xii]. Así, el comparativo con el ejercicio del derecho político de elegir democráticamente es insostenible, pues nadie vota más veces por tener más dinero ni, por la misma razón, tendría más posibilidades de elegir. De hecho, la soberanía del consumidor, más que un principio económico es ideológico.

Continuará en el siguiente Post...




[i] “The concept of consumers sovereignty”, Economic Journal, Nº 50, marzo de 1940, pp. 66-77.  “The Nature of Aggressive Selling.” Economica. Nº 12, Agosto de 1935, pp. 298-320.
[ii]  ROTHBARD, Murray N., Man, Economy and State. A Treatise on Economic Principles. D. Van Nostrand Co., Princeton, New Jersey, 1962.  La versión castellana del Capítulo X de la obra (en edición del Centro de Estudios sobre la Libertad de 1965) se halla en: Revista Libertas 34 (Mayo 2001) Instituto Universitario ESEADE.
[iii] “La soberanía del consumidor se convierte casi en lo Bueno Absoluto, y cualquier acto de los productores para contrariar ese ideal se considera poco menos que como una traición moral”. ROTHBARD, M. N., Op. Cit., Pág. 46.
[iv]  Ídem.
[v] VON MISSES, Ludwig. La Acción Humana. Trad. del inglés por Joaquín Reig Albiol. Unión Editorial, S.A.; Madrid, 1980. Pág. 415.
[vi] Ídem. Pág. 416.
[vii] Ídem. Pág. 993.
[viii] Ídem. Pág. 476.
[ix] AVERITT, Neil W.; LANDE, Robert H.. “La soberanía del consumidor: una teoría unificada de la Ley Antimonopólica y de Protección al Consumidor”. En: IUS ET VERITAS No. 23. Noviembre 2001. pp. 181-210. Pág. 181.
[x] Ídem., Pág. 184.
[xi] SAMUELSON, P.A. y NORDHAUS, W.D., Economía. 14ª Edición; McGraw Hill, 1996. Pág. 45.
[xii] “Las necesidades que no logran expresarse en el mercado por falta de dinero, de hecho, no existen, según la definición de eficiencia de la teoría burguesa. En definitiva, en la discusión sobre la racionalidad y la eficiencia económica del capitalismo, los individuos son tomados en consideración sólo en la medida en la cual ellos estén en condiciones de comprar y de consumir. Este principio constituye la referencia fundamental de toda la economía normativa, tanto que, según los economistas burgueses, el consumidor debe ser considerado como el verdadero “soberano” de la economía”. PALERMO, Giulio. El Mito del Mercado Global. Crítica de las Teorías Neoliberales. Editorial Intervención Cultural; Barcelona, 2009. Pág. 31. 



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